La universidad como reto | Noticias

La universidad como reto

(Orlando Villalobos)

I
“Por las universidades nos han dominado más que por la fuerza”, advierte el presidente de México, López Obrador. La afirmación cuestiona y deja al descubierto la conseja según la cual se requieren “universidades para el desarrollo” y “para superar paradigmas”, como dice la consigna. ¿De cuáles universidades hablamos? ¿Cuál desarrollo? ¿Cuál ciencia? ¿Cuáles paradigmas?
En lugar de contar con universidades para el cambio social, para vivir bien a partir de un proyecto propio, elaborado según nuestras necesidades como nación soberana e independiente, hemos tenido centros de educación superior creados para que se impongan visiones ajenas, “cartas de intención”, “recetas” y “ajustes” que convienen al capital trasnacional y neoliberal.
López Obrador dice que en México no se decide el destino de ese país. Ahora “los tecnócratas mexicanos, ya amaestrados, no hacen más que seguir la pauta dictada desde el extranjero. En México los tecnócratas se adhirieron a la globalidad –neoliberal- sin ninguna reserva o condición. Los tecnócratas han actuado como fundamentalistas, no sólo acatan las recomendaciones de los organismos financieros internacionales, sino que van más allá de lo que les piden, y las convierten en ideología” (López Obrador, Andrés Manuel. La mafia nos robó la presidencia, 2007, Grijalbo, México, p. 110).
¿Dónde se han formado esos tecnócratas? En nuestras propias universidades latinoamericanas, en casi todos los casos con financiamiento del Estado. Formados aquí pero con las teorías que racionalizan la dependencia y el neo-colonialismo. Se ha cumplido la profecía de Richard Lasing, secretario de Estado del presidente Woodrow Wilson, quien en 1924, recomendó: “Tenemos que abandonar la idea de poner en la presidencia mexicana a un ciudadano americano, ya que esto nos llevaría otra vez a la guerra. La solución necesita de más tiempo: debemos abrirle a los jóvenes mexicanos ambiciosos las puertas de nuestras universidades y hacer el esfuerzo de educarlos en el modo de vida americano (…) Con el tiempo, esos jóvenes llegarán a ocupar cargos importantes (…) Sin necesidad de que Estados Unidos gaste un centavo o dispare un tiro, harán lo que queramos. Y lo harán mejor y más radicalmente que nosotros”.


II
En el proyecto de la modernidad, la universidad estaba llamada a producir los profesionales y los dirigentes con la visión y capacidad de guiar la sociedad. En algún momento fue así. Rafael Caldera, dos veces presidentes de Venezuela (1968-1973/1993-1998), encarnaba esa opción. Junto a sus promesas políticas mostraba sus credenciales como profesor universitario en Caracas, abogado, uno de los primeros sociólogos y otros títulos académicos.
El ejercicio presidencial del Dr. Caldera mostró los límites de la modernidad capitalista, profundizó la desigualdad social y económica, y de paso atentó contra la universidad democrática. En 1969 intervino militarmente la Universidad Central de Venezuela, reprimió y asesinó a líderes estudiantiles. Las tanquetas militares le confiscaron a la UCV el Jardín Botánico, con el falaz argumento de que allí se entrenaban guerrilleros.
Por dos años esta universidad se mantuvo cerrada. Caldera en 1970 modificó la Ley de Universidades y centralizó el poder en el Consejo Nacional de Universidades (CNU), que avaló la expulsión de profesores y estudiantes disidentes, y creó el entramado para el tipo de universidad que se configuró a partir de ese momento. Las primeras medidas del CNU fueron de retaliación y represión: se destituyó al rector de la UCV, Jesús María Bianco, se intervino la UCV y algunos profesores fueron suspendidos y se les abrieron expedientes. En la UCV, se recuerda las medidas tomadas contra los profesores de la Escuela de Arquitectura Henrique Hernández, Ralph Erminy, José Miguel Menéndez, Juan Pedro Posani y Augusto Tobito. Hernández y Posani son premios nacionales de arquitectura. En la Universidad del Zulia, poco tiempo después a un profesor, Magello Quintero, se le rescindió el contrato –de hecho una expulsión- con la acusación de que en un examen hizo una pregunta ofensiva al presidente de la República, Carlos Andrés Pérez.
En palabras del sociólogo brasileño Darcy Ribeiro se hizo surgir y crecer –ya vemos que a veces por la fuerza- a universidades “formadoras de profesionales liberales destinados a ejercer funciones burocráticas y reguladoras del orden social, de velar por los intereses patrimoniales de las clases dominantes, de dirimir sus conflictos, de cuidar de su salud con las técnicas de la medicina moderna, de construir sus casas señoriales y de maniobrar las máquinas importadas para volver más eficaces las economías nacionales”.
Esa es la universidad que tenemos, anclada a una visión y misión. Cuando llegaron otras exigencias, la universidad se quedó atrincherada en esa concepción y se cerró frente a nuevas alternativas.
La historia dio otros giros y en lugar de venir los vientos renovadores de la universidad, llegaron de otros mundos. En Venezuela, Chávez, un líder con origen militar; en Brasil, un líder obrero, Lula Da Silva; en Bolivia, un indígena, Evo Morales. No era así que estaba prediseñado el ejercicio del poder.
Desde 1998, a partir del triunfo electoral, voto a voto, de Hugo Chávez, comienza otra etapa que la universidad venezolana no estudió, ni quiso estudiar, ensimismada en el rol que le había asignado el capitalismo dependiente y colonial.

III
Desde 1999, con el ascenso del movimiento político del presidente Hugo Chávez, se produce una explosión de la matrícula universitaria y se amplían las opciones de estudio en Venezuela. La universidad se vuelve plebeya e incorpora a jóvenes de pueblos, caseríos y barrios pobres, que antes veían la universidad como un tren que pasaba lejos. Un primer salto cuantitativo de la matrícula se había producido a principios de los años 70, que también tuvo una repercusión directa en la activación del ascenso social.
Desde principios de 2000 se incrementó el número de universidades públicas, financiadas por el Estado; la inversión universitaria y por supuesto del número de estudiantes. Sin embargo, la universidad siguió aferrada a una visión académica que se agota en sí misma, muy poco interesada en mirar hacia la comunidad y juntarse con ella. En lugar de atizar el fuego del cambio social se refugia en el lamento de lo que pudo haber sido y no fue. Es la universidad que se queda en el salón de clase, tiene poco interés en trabajar una agenda de investigaciones propias y tiene alergia por el trabajo comunitario, al que reduce a la condición de extensión, concepto que está en la Ley de Universidades, pero que, como decían en la época de la Capitanía General de Venezuela, se acata pero no se cumple.
La investigación universitaria todavía mide el impacto de sus proyectos por la cantidad de artículos –papers- publicados, en revistas científicas arbitradas, y por las veces que estos son citados, como si eso resultara suficiente y convincente. Un artículo puede ser citado e incluso convertirse en referencia necesaria, pero ese es solo un indicador. ¿Acaso ese contenido ayudó o sirvió para resolver algún problema específico de una comunidad? Como dice el profesor Daniel Mato, es mucho más trabajoso medir el impacto en los grupos sociales que contar citas de artículos, pero es un desafío que debe tomarse porque es la única vía de aproximarnos al valor efectivo de una investigación.
Esa universidad pública siguió ensimismada en el academicismo conservador, pretendiendo ignorar que hay un proceso de globalización neoliberal en desarrollo, que mata la universidad que responde a propósitos humanísticos y democratizadores, y la convierte en un servicio para quien pueda pagar. En estos días se discute en Brasil la campaña emprendida por el Ministro de Educación, y el propio presidente Bolsonaro, para restar importancia y acabar con carreras de ciencias sociales, como sociología, filosofía y antropología.
En el paradigma neoliberal se accede a la universidad por vía del consumo –la capacidad de pago- y no por vía de la ciudadanía, como el ejercicio de un derecho; se elimina la gratuidad de la educación universitaria, y las becas de estudio son sustituidas por préstamos, que el estudiante deberá cancelar más adelante. ¿Esto no estará ocurriendo en los hechos, cuando el estudiante quiere un título rápido en una institución privada y no cursar una carrera en la universidad pública?
El reto es inmenso: volver a la universidad que piensa con cabeza propia; descolonizar el saber y reinventar el poder. Nos urge una universidad que rompa con el academicismo reaccionario y tome partido por un proyecto nacional, latinoamericano y caribeño; una universidad que recupere su talante reflexivo y crítico, que ponga los pies sobre la tierra y rompa con el capitalismo neoliberal. Una universidad crítica y consciente que pueda asumir que sin proyecto de patria la universidad pública tiene sus días contados.

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