Paradojas de la Historia Nacional | Ecuador en línea

Paradojas de la Historia Nacional

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René Maugé Mosquera

Miembro de la Academia Nacional de Historia

Nadie discute hoy que vivimos una crisis de múltiples aristas en los ámbitos económico, social, político, moral y existencial, a la que se une la pandemia del COVID-19 de la que nadie es responsable, salvo la absurda actitud del hombre frente a la naturaleza. Pero sí hay responsables del manejo improvisado, perverso y corrupto que se está haciendo; conduciendo al país al límite de sus posibilidades, degradando la vida de los sectores más vulnerables, lanzando a miles a la desocupación, precarizando el trabajo y la economía.
Desde el inicio de su mandato el Lic. Lenín Moreno Garces renunció al programa que le llevó a la presidencia de la república y se desmarcó de los sectores que lo respaldaron, aliándose a las fuerzas del gran capital, de las oligarquías tradicionales y buscando un apoyo desde la sumisión total a la política exterior de los Estados Unidos y sus agencias. Con el pretexto de que no encontró “la mesa servida” ha recurrido al Fondo Monetario Internacional en busca de recursos frescos, aceptando la carta de intención; que en buen romance es entregar la conducción de la economía del país bajo sus parámetros e intereses y, aceptando de sus nuevos aliados, resucitar las políticas neoliberales de ajustes, desregulación laboral, recortes presupuestarios a los sectores sociales y privatizaciones de los recursos y empresas rentables del estado.
En política exterior se ha renunciado a unidad y a la solidaridad latinoamericana; y se ha adoptado el alineamiento con las políticas anticubanas, antivenezolanas y antinicaraguenses, y de apoyo a la aventurera política del pentágono y del gobierno de los Estados Unidos. Por eso afirmamos que el desgobierno de Moreno Garcés, ha conducido a la nación al límite de sus posibilidades y al borde de un precipicio cuya caída será de insospechadas consecuencias.
¿Qué tiene que ver esta situación con el pasado? ¿Cuál es la paradoja?
Si nos ubicamos en 1839 cuando el general Juan José Flores iniciaba su segundo período, se plantearon 2 claras posiciones: la de Vicente Rocafuerte que acababa de dejar la presidencia y que quería construir una nación, una república promoviendo el desarrollo, la unidad nacional y la educación; y la de Juan José Flores que privilegiaba los intereses personales y la de sus amigos, y que en su accionar abrigaba ideas monárquicas que incubaban la pérfida traición al proceso independentista, conspirando con diplomáticos de Europa, para implantar una monarquía en la región. Para esto se alió con el general boliviano Santa Cruz. En la política Fiscal estableció nuevos tributos, sus acciones bélicas nos enemistaron más con los tradicionales adversarios que aspiraban a ensanchar sus fronteras, repartió las aduanas y privilegios a sus allegados, e impuso una nueva constitución, la de 1843, con la finalidad de prorrogar su presencia en el poder, a la que el pueblo denominó “Carta de la Esclavitud”. Flores, con su política internacional, puso en peligro la existencia de la nación al conspirar con el General Santa Cruz de Bolivia para crear una confederación Andina bajo criterios monárquicos.
Paralelamente, desde 1842 a 1845 estalló en Guayaquil la epidemia de la Fiebre Amarilla traída en un barco desde Panamá, que diezmó a la población del puerto y llevó la tasa de mortalidad de la ciudad a 45 personas por día. En el combate a esta pandemia se destacó su gobernador Vicente Rocafuerte, enfrentando además la declinación del comercio y la economía del principal astillero del país.
Flores, con periodistas adictos a su causa y pagados, como el guatemalteco Antonio José Irrisari encargado de publicar periódicos como la Balanza para combatir a sus opositores y defender a la administración corrupta de sus críticos, no vaciló incluso en hacerlos desaparecer.
En este período se exacerbaron las rivalidades regionales, se evidenció el atraso económico, la injusticia social y la corrupción. Este período de la década del 40 del siglo XIX se caracterizó por el divorcio entre las palabras del gobierno y los hechos de la realidad; esto lo comprueban sus informes al Congreso Nacional. Esta política de inconsecuencias, conspiraciones, parrandas y abusos, cansó al país y la reacción final fue la revolución del 6 de marzo de 1845. Cuando Flores abandonó el poder dejó una nación en desorden, esquilmada y endeudada.
Lo que vemos hoy es una farsa desde el ejercicio del poder público y una tragedia desde la vida cotidiana de millones de hombres y mujeres. En este año que se conmemora el bicentenario de la proclama de independencia de Guayaquil en octubre, continuada por Portoviejo, Cuenca, Riobamba, Bolivar y otras ciudades, es preciso que recordemos que en los momentos cruciales de nuestra independencia surgió una generación de hombres y mujeres en ciudades y aldeas, que fueron el crisol donde se forjaron las armas de la libertad, fueron taller de revoluciones, espíritu de pujanza, resistencia y valor, para superar todas las calamidades: las provenientes de la naturaleza en una región altamente sísmica, y las derivadas de la estulticia, insensatez, insensibilidad, ignorancia, y vanidad de gobernantes corruptos he indeseables.

Quito 21 de mayo de 2020

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